lunes, 10 de junio de 2013

Capítulo 4 Arki, Luis Pescetti y un cartel fileteado


Hello friend, good morning.
 

     No estoy loco, ni hice un curso acelerado de inglés. Hoy abro el diario así porque tengo que ponerme en clima. Rodrigo y el pirata llegaron a Buenos Aires en medio de un lío tremendo. Los ingleses querían invadir Buenos Aires. 
Me acuerdo que una vez, cuando en la secundaria estábamos estudiando las invasiones inglesas, un amigo me dijo. “¿Te imaginás si ganaban los ingleses? Hubiera sido buenísimo porque no tendríamos que estudiar inglés porque ya sabríamos y podríamos ir al cine y no leer los subtítulos y entenderíamos las canciones de los Beatles y todo…”

Aunque tonto, el razonamiento tenía su lógica. ¿Qué hubiera pasado si ganaban los ingleses?

Tal vez no existiría el rock nacional, ni el tango, ni Borges, ni Cortázar, ¿y el dulce de leche? ¿Y el mate?
Pensar en estas cosas sería una especie de historia ficción. Entonces. “Si quiero escribir una novela que sucede en un momento histórico que no es el actual, ¿cómo hago? ¿Puede haber una relación entre la ficción y la verdad de la historia?”, pensé.

–¡Arki, ayuda!

Abrió los ojos y me miró como diciendo ¿para qué te complicas la vida con lo lindo que está el sol?

“Despacio y por las piedras”, pensé, como decía el sapo de don Gustavo Roldán. 
En primer lugar, una cosa es la historia como ciencia y otra cosa es una ficción histórica. La historia busca la verdad, qué pasó realmente, en cambio, a la ficción, eso no le importa demasiado. Amparo, Le Coq Noir, Rodrigo, Wharton, y el barco que los trajo a Buenos Aires no existieron. ¿Entonces? ¿Puedo inventar cualquier cosa? Por ejemplo, ¿puedo decir que los aviones ingleses bombardearon Buenos Aires mientras Charly García cantaba que no lo hicieran y el Eternauta se preparaba para la invasión? Como poder hacerlo, podía, en definitiva era mi novela.

“Nadie te creería”, me pareció oír que dijo Arki con voz de Luis Pescetti.
-Pero nadie te creería, repetí-. Y era verdad, qué tenían que ver Rodrigo, el pirata, el bombardeo, Charly y el Eternauta. ¿Cómo se llamaba…?”
-¡Verosimilitud! Esta vez lo dije yo, porque si lo hubiera dicho Arki y, encima con la voz de Luis, me habría agarrado un soponcio.

Googleé rápidamente. Claro Wikipedia, no podía fallar. Verosimilitud es la credibilidad o congruencia de un elemento determinado dentro de una obra de creación concreta. Se dice que un elemento es verosímil cuando se considera que es creíble dentro de un género, congruente dentro de la obra de creación en la que se incluye. Cada obra literaria, cinematográfica, poética o teatral se mueve dentro de un universo propio. Ese universo está regido por una serie de normas que impone el autor mientras va planteándolo: en las primeras páginas o minutos se establece cómo es ese universo. Esas reglas y ese mundo valdrán para esa obra de creación en concreto, no para ninguna otra, ni tampoco para la vida real.

Gracias Arki, gracias Luis, aunque debería haber escrito thank you, porque estábamos entrando en clima. Se me ocurrió, entonces, que una manera de lograr una mayor verosimilitud sería viviendo yo alguna experiencia relacionada con la historia que estaba escribiendo, para que mi relato fuera lo más real y exacto posible. ¿Cómo sería la ropa de aquella época? ¿Qué olor tendrían las casas y las personas? (porque como cuando yo viajé con mis amigos a Humahuaca, en la época de la colonia no se bañaban todos los días) ¿Qué comían? ¿Qué texturas tendrían los manteles, las telas de los vestidos? “Uf. ¿Cómo hago?”, pensé. Apagué la notebook, cargué el mate, abrí un cuaderno y empecé a escribir una guía. Porque a mí, el papel y la birome, al igual que la yerba y la bombilla, me ayudan a pensar.

Invasiones inglesas. 26 de junio de 1806. El virrey Sobremonte se toma el piro. El ejército de Buenos Aires es un desastre, porque, a causa de la corrupción política, no había dinero para sostenerlo. (Subrayé corrupción política). Llegan al puerto. No saben adonde ir. Es de noche. Caminan hacia la Plaza de Toros. ¿Cómo habrá sido el olor?

“¡Claro!”, pensé. Cerré el cuaderno y encendí la notebook. Abrí el archivo ABRIL 2004. Todavía la novela no tenía nombre. Escribí.

Hombres con antorchas, armados con palos y piedras, algunos con pistola, avanzaban hacia nosotros. Gritaban contra un tal Sobremonte, que después vine a enterarme era el virrey.
John Wharton me tomó del brazo y corrimos. Seguramente nos deben de haber confundido porque empezaron a perseguirnos. Llegamos a uno de los paredones de la plaza de toros. El pirata aprovechó que una tabla del portón estaba rota y nos deslizamos en busca de protección. El lugar era oscuro y olía a estiércol y orines.

“¿Qué pasa en la plaza de toros?”, pensé. Volví a poner agua en el mate. Chupé. Ninguna idea me gustaba, eran demasiado obvias. Apagué la máquina y cerré el cuaderno. No era una buena mañana. Salí a caminar. Apenas pisé la vereda, la luz de la mañana me abrazó.
“Luz de abril”, pensé y un montón de ideas vinieron a mi mente. Saqué mi libretita negra, un moleskine que me habían regalado María Fernanda y Violeta de Alfaguara para el día del escritor. Siempre lo llevo encima. Por las dudas. Lo aprendí de Laura Devetach. La Maestra. “Muchos de mis poemas surgieron en la lista de hacer las compras”. Anoté:

Luz de abril. Una luz que se pegó a mi retina y se quedó a vivir en mi alma para siempre. Luz dorada de sombras quietas. Ocre. El cielo azul y diáfano parecía estar más cerca.

Guardé la libreta. Caminé sin rumbo. Crucé Pueyrredón. Doblé en Ecuador – Sarmiento - Anchorena. De pronto hubo algo que me llamó la atención. En el portón de madera de una casa muy antigua había un cartel fileteado. Dragones de fauces abiertas como rugiendo, hojas voluminosas y dos sables cruzados. 

RAFAEL ABASCAL – ACADEMIA DE ESGRIMA. 

Me paré frente al cartel. La puerta estaba entreabierta. La empujé con suavidad. Una escalera con los escalones encorvados en el medio, de tanto haber sido subidos y bajados, trepaba hacia un primer piso muy lejano. Como poseído por un embrujo pisé el primer escalón y algo extraño sucedió. Fue como si mis piernas obedecieran a la voluntad de la escalera de llevarme hacia arriba. Nunca imaginé que en ese hecho trivial de salir a caminar y encontrarse con un cartel fileteado, no solo iba a cambiar el curso de la novela, sino también el curso de mi vida.

TO BE CONTINUED…