Hello friend, good morning.
Me acuerdo que una vez, cuando en la secundaria estábamos
estudiando las invasiones inglesas, un amigo me dijo. “¿Te imaginás si ganaban los
ingleses? Hubiera sido buenísimo porque no tendríamos que estudiar inglés
porque ya sabríamos y podríamos ir al cine y no leer los subtítulos y
entenderíamos las canciones de los Beatles y todo…”
Aunque tonto, el razonamiento tenía su lógica. ¿Qué
hubiera pasado si ganaban los ingleses?
Tal vez no existiría el rock nacional, ni el tango, ni
Borges, ni Cortázar, ¿y el dulce de leche? ¿Y el mate?
Pensar en estas cosas sería una especie de historia
ficción. Entonces. “Si quiero escribir una novela que sucede en un momento
histórico que no es el actual, ¿cómo hago? ¿Puede haber una relación entre la
ficción y la verdad de la historia?”, pensé.
–¡Arki, ayuda!
Abrió los ojos y me miró como diciendo ¿para qué te
complicas la vida con lo lindo que está el sol?
“Despacio y por las piedras”, pensé, como decía el
sapo de don Gustavo Roldán.
En primer lugar, una cosa es la historia como
ciencia y otra cosa es una ficción histórica. La historia busca la verdad, qué
pasó realmente, en cambio, a la ficción, eso no le importa demasiado. Amparo, Le Coq Noir, Rodrigo, Wharton, y el barco que los trajo a Buenos Aires no
existieron. ¿Entonces? ¿Puedo inventar cualquier cosa? Por ejemplo, ¿puedo
decir que los aviones ingleses bombardearon Buenos Aires mientras Charly García
cantaba que no lo hicieran y el Eternauta se preparaba para la invasión? Como
poder hacerlo, podía, en definitiva era mi novela.
“Nadie te creería”, me pareció oír que dijo Arki con
voz de Luis Pescetti.
-Pero nadie te creería, repetí-. Y era verdad, qué tenían
que ver Rodrigo, el pirata, el bombardeo, Charly y el Eternauta. ¿Cómo se
llamaba…?”
-¡Verosimilitud! Esta vez lo dije yo, porque si lo
hubiera dicho Arki y, encima con la voz de Luis, me habría agarrado un
soponcio.
Googleé rápidamente. Claro Wikipedia, no podía fallar.
Verosimilitud es la credibilidad o
congruencia de un elemento determinado dentro de una obra de creación concreta.
Se dice que un elemento es verosímil cuando se considera que
es creíble dentro de un género, congruente dentro de la obra de creación en la
que se incluye. Cada obra literaria,
cinematográfica, poética o teatral se mueve dentro de un universo propio. Ese
universo está regido por una serie de normas que impone el autor mientras va
planteándolo: en las primeras páginas o minutos se establece cómo es ese
universo. Esas reglas y ese mundo valdrán para esa obra de creación en
concreto, no para ninguna otra, ni tampoco para la vida real.
Gracias Arki, gracias Luis,
aunque debería haber escrito thank you,
porque estábamos entrando en clima. Se me ocurrió, entonces, que una manera de
lograr una mayor verosimilitud sería viviendo yo alguna experiencia relacionada
con la historia que estaba escribiendo, para que mi relato fuera lo más real y
exacto posible. ¿Cómo sería la ropa de aquella época? ¿Qué olor tendrían las
casas y las personas? (porque como cuando yo viajé con mis amigos a Humahuaca,
en la época de la colonia no se bañaban todos los días) ¿Qué comían? ¿Qué
texturas tendrían los manteles, las telas de los vestidos? “Uf. ¿Cómo hago?”,
pensé. Apagué la notebook, cargué el mate, abrí un cuaderno y empecé a escribir
una guía. Porque a mí, el papel y la birome, al igual que la yerba y la
bombilla, me ayudan a pensar.
Invasiones inglesas. 26 de junio de 1806. El virrey Sobremonte se toma
el piro. El ejército de Buenos Aires es un desastre, porque, a causa de la
corrupción política, no había dinero para sostenerlo. (Subrayé
corrupción política). Llegan al
puerto. No saben adonde ir. Es de noche. Caminan hacia la Plaza de Toros. ¿Cómo
habrá sido el olor?
“¡Claro!”, pensé. Cerré el
cuaderno y encendí la notebook. Abrí el archivo ABRIL 2004. Todavía la novela
no tenía nombre. Escribí.
Hombres con antorchas, armados con palos y piedras, algunos con
pistola, avanzaban hacia nosotros. Gritaban contra un tal Sobremonte, que
después vine a enterarme era el virrey.
John
Wharton me tomó del brazo y corrimos. Seguramente nos deben de haber confundido
porque empezaron a perseguirnos. Llegamos a uno de los paredones de la plaza de
toros. El pirata aprovechó que una tabla del portón estaba rota y nos
deslizamos en busca de protección. El lugar era oscuro y olía a estiércol y
orines.
“¿Qué pasa
en la plaza de toros?”, pensé. Volví a poner agua en el mate. Chupé. Ninguna
idea me gustaba, eran demasiado obvias. Apagué la máquina y cerré el cuaderno.
No era una buena mañana. Salí a caminar. Apenas pisé la vereda, la luz de la
mañana me abrazó.
“Luz de
abril”, pensé y un montón de ideas vinieron a mi mente. Saqué mi libretita negra,
un moleskine que me habían regalado María Fernanda y Violeta de Alfaguara para el día del escritor. Siempre lo llevo encima. Por las dudas. Lo
aprendí de Laura Devetach. La Maestra. “Muchos de mis poemas surgieron en la
lista de hacer las compras”. Anoté:
Luz de abril. Una luz que se pegó a mi retina y se quedó a vivir en mi alma para siempre. Luz dorada de sombras quietas. Ocre. El cielo azul y diáfano parecía estar más cerca.
Guardé la libreta. Caminé sin rumbo. Crucé Pueyrredón.
Doblé en Ecuador – Sarmiento - Anchorena. De pronto hubo algo que me llamó la
atención. En el portón de madera de una casa muy antigua había un cartel
fileteado. Dragones de fauces abiertas como rugiendo, hojas voluminosas y dos
sables cruzados.
RAFAEL ABASCAL – ACADEMIA DE ESGRIMA.
Me paré frente al cartel. La puerta estaba entreabierta. La empujé con suavidad. Una escalera con los escalones encorvados en el medio, de tanto haber sido subidos y bajados, trepaba hacia un primer piso muy lejano. Como poseído por un embrujo pisé el primer escalón y algo extraño sucedió. Fue como si mis piernas obedecieran a la voluntad de la escalera de llevarme hacia arriba. Nunca imaginé que en ese hecho trivial de salir a caminar y encontrarse con un cartel fileteado, no solo iba a cambiar el curso de la novela, sino también el curso de mi vida.
TO BE CONTINUED…














