lunes, 20 de mayo de 2013

Capítulo 2 El gato de Borges


 


Si escribiera “querido diario” me sentiría ridículo, porque ya estoy grande para esas cosas, sin embargo esto es un diario. El otro día te conté lo que me había pasado cuando, antes de meter la bombilla en el mate, descubrí a Arki feliz, durmiendo abrigado, bajo el sol de abril. 
Desde entonces, un montón de ideas y recuerdos vinieron a mi mente. Pensé que uno de los motivos por los cuales yo había escrito en aquel cuaderno Gloria, había sido para recordar las cosas que iban sucediendo durante el viaje. Eso quería decir que yo escribía para no olvidar. Me acordé, entonces, de algo que había leído sobre ese tema. ¿Sobre los gatos? ¿Sobre el mate y la bombilla? No; sobre el olvido. ¿Cómo era? ¿Dónde estaba? Sí; lo había leído pero no me acordaba dónde. Me paré frente a la biblioteca. ¿En qué libro estaba? Parecía una broma, no podía recordar donde había leído algo sobre el olvido. 
Lo miré a Arki. Nada. Seguía durmiendo. ¡Un gato dormido! Me acordé que en un cuento había un gato que se dejaba acariciar por la gente. ¡El Sur! “¡Borges!” Era un libro de Borges. Gracias Arki. Pero ahora tenía otro problema. ¿Cuál? “¡Arki, please, ayuda!”, pensé. Le di una chupada al mate y me acordé que era una conferencia. “¡Claro!”
Era un libro que había comprado en una librería de usados. “Borges oral”. Lo abrí. Por suerte estaba subrayado, porque siempre subrayo con lápiz las frases que me gustan. 
“¡Acá está!” “Nosotros estamos hechos, en buena parte, de nuestra memoria. Esa memoria está hecha, en buena parte, de olvido”. Por ahí estaba esa punta del ovillo que andaba buscando. Lo que yo había escrito en aquel diario eran cosas que quería recordar y eso significaba que había otras cosas que yo no había escrito porque no me importaba olvidarlas o porque quería olvidarlas. Esas letras desprolijas escritas con birome en aquella hoja amarrilla y ajada eran la voz de mis recuerdos.
“La voz de mis recuerdos…”, casi silabeé mentalmente.
-¡Grande Arki! –grité y el gato se despertó, se paró y arqueó el lomo.
Estaba feliz. En mi cabeza había aparecido una frase para poder empezar a escribir mi novela. “La voz de mis recuerdos”. La tenía ahí, delante de mis ojos, remontando como un barrilete en el viento. Casi podía tocarla. 
Dejé el libro sobre el escritorio y abrí ABRIL 2004, aquel archivo de Word que había quedado en blanco. Empecé a escribir:

A medida que las letras aparecen sobre el papel descubro que mi voz es la voz de­ una historia, una voz hueca y sin cara, como es la voz de los recuerdos, como la memoria de un pueblo resiste al olvido.

¡Bien! Había dado el primer paso. Aunque después la corrigiera o la tachara, la frase estaba escrita. Me paré y vacié el mate. Le di una Golomiau a Arki en recompensa por los servicios prestados. Cargué yerba, le eché un chorrito de agua y espere. Metí la bombilla y chupé. Estaba feliz. Orgulloso con mi primera frase.
Tomé varios mates y volví a la máquina. La frase seguía en su sitio. “¿Quién podría escribir esta frase?”, pensé. ¿Un chico? No, demasiado seria. ¿Una mujer? Tampoco, no me imagino pensando y hablando como una mujer. Un hombre. Sí. Un hombre viejo que recuerda. Un hombre que escapa. En un barco. ¿Por qué escapa? ¿Por qué escribe? Dejé la frase entre paréntesis y escribí:
Desde mi camarote en el Cutty Sark diviso Santa María de los Buenos Ayres. Aunque ya no corran buenos aires, sigue siendo mi ciudad amada. Está atardeciendo. El puerto se hace pequeño.

Empezaba así la historia de Rodrigo y empezaba también mi historia contando la historia de Rodrigo. Una historia que se complicó de una manera que nunca pensé que se podía llegar a complicar.
Escribí el primer capítulo de un tirón. 
La batalla. El naufragio. El encuentro con John Warton. La prisión en Plymouth. La fuga.

Al asomarme vi que las aguas del Tamar estaban demasiado lejos; pero no tenía otra opción y salté.

Escribí. Punto final. “Basta por hoy”, pensé y me levanté. Tomé el libro de Borges y, al llevarlo hacia la biblioteca, hubo algo que cayó. Me agaché y lo levanté. Era un papel plegado. Lo acerqué a mi cara y lo olí. Era un perfume embriagante. Abrí con suavidad para que el papel no se rompiera. Era una carta escrita, en tinta negra, con una letra larga y elegante .  


Te espero el domingo a la noche en Santo Cristo., a la vuelta de La Merced. Almoraima


Continuará...




1 comentario:

  1. ¡Guau! Cada vez mejor este Arki ayudador. Y el escritor que lo apadrina, escribe lindo nomás. Un abrazo, Edu ;)

    ResponderEliminar