Desde
entonces, un montón de ideas y recuerdos vinieron a mi mente. Pensé que uno de
los motivos por los cuales yo había escrito en aquel cuaderno Gloria, había sido para recordar las
cosas que iban sucediendo durante el viaje. Eso quería decir que yo escribía
para no olvidar. Me acordé, entonces, de algo que había leído sobre ese tema.
¿Sobre los gatos? ¿Sobre el mate y la bombilla? No; sobre el olvido. ¿Cómo era?
¿Dónde estaba? Sí; lo había leído pero no me acordaba dónde. Me paré frente a
la biblioteca. ¿En qué libro estaba? Parecía una broma, no podía recordar donde
había leído algo sobre el olvido.
Era un libro que había comprado en una librería de
usados. “Borges oral”. Lo abrí. Por suerte estaba subrayado, porque siempre subrayo
con lápiz las frases que me gustan.
“¡Acá está!” “Nosotros estamos hechos, en buena parte, de nuestra memoria. Esa memoria
está hecha, en buena parte, de olvido”. Por ahí estaba esa punta del ovillo
que andaba buscando. Lo que yo había escrito en aquel diario eran cosas que
quería recordar y eso significaba que había otras cosas que yo no había escrito
porque no me importaba olvidarlas o porque quería olvidarlas. Esas letras
desprolijas escritas con birome en aquella hoja amarrilla y ajada eran la voz
de mis recuerdos.
“La voz de mis recuerdos…”, casi silabeé mentalmente.
-¡Grande Arki! –grité y el gato se despertó, se paró y
arqueó el lomo.
Estaba feliz. En mi cabeza había aparecido una frase
para poder empezar a escribir mi novela. “La voz de mis recuerdos”. La tenía
ahí, delante de mis ojos, remontando como un barrilete en el viento. Casi podía
tocarla.
Dejé el libro sobre el escritorio y abrí ABRIL 2004, aquel archivo de Word que había quedado en blanco. Empecé
a escribir:
A medida que las letras
aparecen sobre el papel descubro que mi voz es la voz de una historia, una voz
hueca y sin cara, como es la voz de los recuerdos, como la memoria de un pueblo
resiste al olvido.
¡Bien! Había dado el primer
paso. Aunque después la corrigiera o la tachara, la frase estaba escrita. Me
paré y vacié el mate. Le di una Golomiau
a Arki en recompensa por los servicios prestados. Cargué yerba, le eché un
chorrito de agua y espere. Metí la bombilla y chupé. Estaba feliz. Orgulloso
con mi primera frase.
Tomé varios mates y volví a
la máquina. La frase seguía en su sitio. “¿Quién podría escribir esta frase?”,
pensé. ¿Un chico? No, demasiado seria. ¿Una mujer? Tampoco, no me imagino
pensando y hablando como una mujer. Un hombre. Sí. Un hombre viejo que recuerda.
Un hombre que escapa. En un barco. ¿Por qué escapa? ¿Por qué escribe? Dejé la
frase entre paréntesis y escribí:
Desde mi camarote en el Cutty Sark diviso Santa María de los Buenos Ayres. Aunque ya no corran buenos
aires, sigue siendo mi ciudad amada. Está atardeciendo. El puerto se hace
pequeño.
Empezaba así la historia de Rodrigo y empezaba
también mi historia contando la historia de Rodrigo. Una historia que se
complicó de una manera que nunca pensé que se podía llegar a complicar.
Escribí el primer capítulo de un tirón.
Al asomarme vi que las aguas del Tamar estaban
demasiado lejos; pero no tenía otra opción y salté.
Escribí. Punto final. “Basta por hoy”, pensé y
me levanté. Tomé el libro de Borges y, al llevarlo hacia la biblioteca, hubo algo
que cayó. Me agaché y lo levanté. Era un papel plegado. Lo acerqué a mi cara y lo
olí. Era un perfume embriagante. Abrí con suavidad para que el papel no se
rompiera. Era una carta escrita, en tinta negra, con una letra larga y elegante .
Te espero el domingo a la noche en Santo Cristo., a la vuelta de La Merced. Almoraima
Continuará...



¡Guau! Cada vez mejor este Arki ayudador. Y el escritor que lo apadrina, escribe lindo nomás. Un abrazo, Edu ;)
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