"Hola, otra vez estoy acá”.
Me pareció absurdo saludar a mi diario. Pero tenía que empezar de alguna
manera. ¿A quién le habla uno cuando le habla al diario? Volví a pensar en los
diarios, en la necesidad de recordar y olvidar, de dejar una huella, de contar
nuestra propia historia para volverla a leer en algún momento y revivir el
instante en que las palabras quedaron escritas. Y hablando de palabras
escritas. ¿Quién habría escrito aquella carta que encontré en el viejo libro de
Borges? “Almoraima”. Nombre misterioso. ¿Y ese perfume embriagante? Muchas
veces me había pasado que un olor disparara un recuerdo. El pasto recién
cortado, la ropa secándose al sol, el olor de las flores del tilo y el primer
beso a la sombra de ese árbol, el olor a tostadas en una tarde lluviosa de
invierno. ¿De dónde conocía yo ese perfume? Era un perfume de mi infancia. Un
perfume de noche de verano, de jardines. ¡Claro! La casa de mi abuela. El patio
bajo la parra y un jardín. La brisa nocturna. El alivio. Había una planta que
florecía una vez al año, una noche de diciembre a medianoche. Nos quedábamos
despiertos para verla florecer. ¿Cómo se llamaba? Sí, claro:
¡Dama de noche! Su
perfume era único. Al amanecer la flor estaba marchita y había que esperar un
año. Pero su perfume perduraba en la memoria. ¿Por qué la carta tenía el mismo
perfume de las flores que, una vez al año, florecían por una noche en la casa
de mi abuela? ¿Quién era Almoraima? ¿Qué estaba pasando, mis recuerdos cobraban
vida?
“Bueno, basta”, pensé. “Ahora
no puedo distraerme en estas cuestiones. Tengo que seguir con la novela”.
El primer capítulo, por el
momento, estaba resuelto. Rodrigo escribía su diario mientras partía hacia el
exilio. ¿Cómo seguir?
Desde el día en que empecé
a pensar en el diario escrito por Rodrigo, descubrí que son muchos los diarios que se escribieron.
Diarios reales y diarios de ficción.
Creo que el más conocido es el de Ana Frank, un diario
donde quedó escrita para siempre la historia de sus dos años escapando de los
nazis en Ámsterdam. Gracias a él sabemos qué cosas quiso recordar; pero nunca
sabremos cuáles fueron las que prefirió olvidar.
Uno de los primeros diarios de ficción fue “Corazón”
de Edmundo Amicis, el diario de un chico de tercer grado en una escuela de
Turín.
En el otro extremo del tiempo, uno de los últimos diarios (por lo menos
que yo leí), fue “Las ventajas de ser invisible” de Stephen Chbosky. Un diario
extraño, conmovedor.
Querido amigo:
“Te escribo porque ella dijo que escuchas y comprendes”. Así comienza a escribir
Charlie su diario de adolescencia. “Bueno,
esta es mi vida. Y quiero que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste
y que todavía intento descubrir cómo es eso posible”. Él necesita poner en
palabras su historia y al hacerlo se construye, se ve a sí mismo, se comprende.
Lo que más me impactó de ese diario fue que aquel problema que lo angustiaba y lo
hacía sentir invisible siempre había estado a la vista, presente en todo su
relato; pero solo al final se comprende. “Así
que, si esta acaba siendo mi última carta, por favor, piensa que las cosas me
irán bien, y que aun cuando no sea así, pronto se arreglarán”.
¿Cómo seguir con el diario de Rodrigo? Él y Wharton
habían logrado escapar de la celda. ¿A dónde van entonces? Al puerto. ¿Y qué
hacen? Tendrían que esconderse en algún barco para huir de Plymouth. “¿Qué
hago, Arki?”, pero el gato estaba preocupado mirando a una torcaza que caminaba
por una cornisa que estaba demasiado lejos de la ventana.
“¡La Habana!”, claro. Me senté y escribí:
Para no aburriros
eliminaré los detalles de la fuga del puerto de Plymouth. Os confesaré que
fueron días de penuria como polizontes en la bodega de un barco holandés que
compraba tabaco en el Caribe.
Me paré y
volví a mis libros. A ver… Cuba… ¿Martí?, ¿Guillén?, no, ¿Padura?. Sí, sí.
Leonardo Padura. Una vez lo había entrevistado para una revista de policial. Me
encantaba su tetralogía. “Vientos de cuaresma”, leí en el lomo del libro. “¡Qué
hermoso título! ¡Gracias Leonardo! Dejé el libro y escribí:
Un
miércoles de ceniza llegamos a La
Habana con los vientos de cuaresma azotando nuestras velas.
Durante la noche nos arrojamos al mar y nadamos hacia la costa. El agua estaba
tibia y la luna se reflejaba en las olas. Nos deslizamos por los muelles casi
reptando para no ser vistos por los centinelas del puerto.
Bien. Ya
estábamos en La Habana. ¿Entonces? Un amigo de Wharton. Un viejo amor. ¿Cómo
sigo? Le escribí un mail a Lunar Cardedo, gran escritor y mejor amigo. “Necesito una descripción sobre una mujer
cubana y una receta de cocina”. Al otro día llegó la respuesta. “Que no hay mujer más bella que la mulata
cubana” “Te envío la receta de una cazuela”. “Un abrazo, socio”. Lorenzo.
Escribí.
Wharton soltó una carcajada.
-¡Mal rayo te parta, Lorenzo Lunar Cardedo! -vociferó, abrió los
brazos y se abalanzó sobre el desconocido.
Seguí escribiendo sin parar.
Lorenzo nos sirvió una humeante cazuela que llenó de saliva mi boca. Los mariscos, trozos de carne de puerco y postas de pollo, nadaban en un arroz apetitoso bañado con salsa picante. Creo que hacía siglos que no comía algo tan delicioso.
Imaginé a Amparo estimulado por las palabras de mi amigo.
-¿Quién es Amparo? –me animé a preguntar.
-¡La mulata más bella de La
Habana ! Y... hombre; yo, que he viajado a lo largo y a lo ancho
de este miserable mundo, puedo asegurarte que no hay hembra más bella que la
mulata cubana. Y... Mira que yo con las
hembras... oye, hombre, no pienses mal, sólo que para mí la mujer es un animal
peligroso. Te atrapa y no hay caso de salir de sus redes... Pero creo que por
Amparo estaría dispuesto a vender mi alma al mismísimo Satanás y... –sonrió.
Sus dientes estaban marrones de nicotina-. ¡Una mujer deliciosa! Y... Ella había tenido un romance con John.
¡Dos almas tormentosas! Imagina lo que juntos han podido hacer; pero los años
no pasan en vano y ya Amparo no es aquella criatura salvaje dispuesta a
desafiar un huracán si se interponía a sus deseos. Ahora es una mujer
madura...
Terminé
de escribir el episodio en La Habana. Wharton y Rodrigo partían hacia a Buenos
Aires. El pirata necesitaba olvidar su viejo amor.
Después del almuerzo, Lorenzo nos presentó al capitán de una fragata ligera que partía hacia el sur llevando contrabando, quien nos aceptó como parte de la tripulación. Como vosotros imaginaréis, la paga que me correspondía nunca llegó a mis manos, fue un dinero que el pirata se cobró por el trabajo de ser mi padre.
Fin del segundo capítulo. Me paré. Como siempre cargué el mate y
acaricié a Arki. Pero una pregunta ronroneaba en mi cabeza como el cuerpo del
gato al acariciarlo. “Dama de noche. Vientos de cuaresma. Lorenzo”, pensé. ¿De
qué manera mi vida se metía en la novela? Lo que no imaginaba, en ese momento, era
de qué manera la novela se iba a meter en mi vida.
CONTINUARÁ…






¡Cada vez mejor, amigo Eduardo!
ResponderEliminarQué alegría que te guste, van a venir otros
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